9 sept. 2013

Testimonios: No te olvides del pago.

Les dejamos otro aporte del Dr. Sebastián Gonzalez.




No te olvides del pago.

A mi amigo lo había conocido hacía un par de años. Norteño, atlético y audaz con la guinda, era el sueño de todo el barrio que llegara a la capital y de allí pegar el salto al gran charco llamado Atlántico para jugar en Europa. -Quiero llegar a ser como él- le decía al viejo señalando la tevé mientras miraban a un fenómeno llamado Messi hacer moñas encima del pasto. El ídolo cumplía 23 y mi amigo 10 menos.
Su llegada a la capital fue un tanto diferente de lo planificado. Un cáncer le agrandó el hígado y tras días de estudio, le diagnosticamos una de las peores leucemias. Con el primer tratamiento mejoró y ya la pesadez que tenía en el vientre fue cediendo, y aunque el pelo se le fue cayendo y algún vómito lo molestaba, la llevó muy bien. El bayano volvió a sus pagos y en algún picadito se mezcló. Su primo, enfermo también de leucemia pero ya curado, lo acompañaba.. Compinches de tragedias y travesuras surcaban las calles del pueblo cuando podían ya que mi amigo debía viajar seguido para controlarse en la capital.

Se fue transformando. La metamorfosis del cáncer y su tratamiento. El pelo ido, la piel fina y pálida se llenó de manchas negruzcas. Su cuello engordó y la única parte de su cuerpo que quedó como antes fueron sus ojos, su mirada. Los médicos que lo trataron hicieron lo indecible para que la enfermedad se fuera, pero esto nunca pasó. Intentaron mil formas de frenar al bicho, pero mi amigo nunca pudo volver a las canchas. Y las internaciones comenzaron a ser la regla. El bayano volvía poco a su tierra, se fue separando de sus amigos porque estaba con las defensas tan bajas que hasta un beso o un abrazo podían matarlo.

El médico tratante hizo lo indecible para curarlo. Movió cielo y tierra para lograr la remisión de esa maldita enfermedad que no hacía más que avanzar. Desde la vitrina del apartado veía como su paciente - su amigo- se le iba. Había visto como el frustro crack de fútbol la había paleado, tanto o más que él.... -Cómo aguanta este pibe- se decía. Desesperado, desplegó hasta la última gota de sus energías para que él no se fuera. Probó mil tratamientos -algunos osados- e incluso se peleó con sus colegas que le decían que lo dejara ir, que el bayano ya estaba entregado. Tras una leve mejoría, un día mi amigo le pidió al doctor para volver a casa a despedirse. Quería repartir sus cosas entre sus amigos. -Yo ya sé que me muero- le había dicho a mi colega. Pero éste lo convenció que no, que el iba a mejorar. Y así me lo volví a encontrar en la cama de un ceteí, aunque de eso al principio no me diera cuenta.

Ingresado porque ya su hígado y sus riñones no daban para más, mi amigo se dejó ir. Narcotizado, apenas reconocía a sus padres y a su otro amigo, el médico que lo había acompañado durante esos tres años crueles. Entonces al segundo día fui a un anfiteatro de la vida, donde su padre nos contó a los que estábamos de blanco atendiéndolo cómo habían sido los días previos de mi amigo. Siendo parte de un abanico blanco cuyo extremo era él, el disertante sin micrófono nos explicó como su hijo le había dicho que lo que quería era volver a casa y darle sus cosas a su primo, que él ya sabía que se iba a morir y que esta vuelta no había vuelta. El hombre ya no quería que su hijo sufriera más. No quería más dolor y quería sí, menos máquinas. Entendía que nosotros hacíamos todo lo posible por salvarlo, pero que todo era fútil. Su lucidez, su claridad, fue una lección de vida para todos los que estuvimos allí. En un momento giró el rostro y lo dirigió a mí. En ese instante lo reconocí y torcí el rostro para mirar de nuevo a aquel adolescente que estaba metido en un apartado, sedado y rodeado de túnicas y mantas. Supe haciendo memoria que aquel cuerpo cambiado, destrozado y moribundo era el mismo muchacho que había conocido años atrás, durante la primera etapa de la enfermedad que lo estaba matando. Hasta el final de la guardia pasé con un nudo trancado en la garganta que iba y venía, con mis recuerdos.

Cuando estamos con una simple gripe, todos queremos volver a casa, que nos baje la fiebre entre nuestras almohadas, ir a nuestro baño, comer lo que podamos con nuestros cubiertos y sentir los sonidos de casita, olisquear los aromas de nuestro rancho. Como el perro, que vuelve a la cucha cuando está mal, nosotros queremos volver a nuestro pago cuando estamos enfermos. Siempre. En mi casa me siento "en casa", puedo controlar mejor la situación, me "desobjetivizo", no soy una cama, soy yo. Y estoy con los míos... Quien haya estado enfermo fuera de fronteras, sabe que es desalmante la angustia de sentirse enfermo en ambientes extraños. ¿Y qué pasa con nuestros pacientes? ¿Son diferentes acaso? El que la gente muera en el hospital, también va mucho más allá. La muerte se oculta a la población, y entonces a la gente la muerte se le vuelve ajena, el morir deja de ser algo tan normal como el nacer, para transformarse en algo extraño. En mi familia, todos los veteranos recuerdan haber visto a sus parientes morir donde habían vivido. Los velorios en casa eran algo común y hasta a los niños se les obligaba a darles un beso -el más frío de ellos- al muerto que partía. En los sesentas sólo la mitad morían en el hospital, algo impensado 100 años atrás y algo normal hoy día. A mis abuelos los despedí de lejos, como la mayoría de mi generación. La institucionalización de la muerte es hoy, la penosa regla.


La otra noche soñé con mi amigo. Soñé que era el médico del traslado que lo llevaba de vuelta pal norte. Salíamos desde la capital con la sirena apagada y callados todos, fugando. Huíamos de los monitores y del olor a alcohol viejo del hospital. Él dormía, sedado y respirando pausado. Los quilómetros iban pasando y la lluvia retumbaba en el techo de la ambulancia. Pasando el Río Negro, él tosió y empezó a abrir los ojos y a reconocernos. Sus padres lo vieron reírse porque sabía que estábamos más cerca. Se arrancó el oxígeno y los parches del pecho. Pidió ropa para sacarse la bata y ponerse el short y los botines. A la entrada, vimos que el pueblo estaba de fiesta. Prendimos la sirena y la caminera nos abría camino hacia el destino. Escuchábamos que el pueblo era una fiesta y así llegamos al estadio. Al abrir las puertas del coche, mi amigo me echó una ojeada de despedida. Pisó la cancha alabado por todos los que llenaron las gradas. Abrazó a todos sus amigos y la familia emocionada lo llevó en andas hacia el pasto. En la cancha no estaba Messi sino su primo, el que siempre le levantó los mejores centros. Desde la tribuna con su amigo el oncólogo, sentados al lado de su padre, que lloraba, yo veía cómo mi amigo en sus pagos y con los suyos, metía el último y mejor gol de su vida... 

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